Manuel Belgrano
Primeros Años
El Consulado
1810
Paraguay
Alto Perú
Lejos del Frente
Ejército del Norte
El ocaso
 
Belgrano vuelve al Ejército del Norte  

En junio de 1816 había llegado a Jujuy el director supremo Pueyrredón, elegido el 3 de mayo por el Congreso constituyente, a fin de imponerse de las necesidades del ejército y establecer relaciones con Salta; decidió que el ejército se replegara hacia Tucumán y que Güemes se hiciese cargo de la defensa de la frontera norte. Belgrano había sido designado para suceder a Rondeau y el nuevo general en jefe recibió el ejército en Trancas de manos de French el 7 de agosto; enseguida dispuso su marcha hacia Tucumán y to condujo a la Ciudadela para iniciar su reconstrucción moral y material con miras a que pudiese cumplir su papel en la operación proyectada por San Martín sobre Lima.

San Martín había expresado: "Para mandar el ejército del Perú, yo me decido por Belgrano; es el más metódico de los que conozco en nuestra América; lleno de integridad y de talento natural, no tendrá los conocimientos de un Moreau en punto a milicia, pero es lo mejor que tenemos en América del Sur".

San Martín completó su plan estratégico de 1814; originariamente quería que la ofensiva contra el Perú se hiciese solamente por el Pacífico; después pensó que esa acción ofensiva debía combinarse con otra simultánea desde Salta a través del Alto Perú. Mientras se realizaba la invasión a Chile, en Jujuy se mantendría la defensiva estricta, favoreciendo las insurrecciones altoperuanas con algún armamento; pero el ejército se retiraría a Tucumán para ser reorganizado a instruido como para que interviniese a su hora en la lucha por Lima.

   
Belgrano y Güemes  

El ejército realista del Alto Perú, después de retirarse de Salta y Jujuy, estableció el cuartel general en Tupiza, Los levantamientos patriotas y las expediciones punitivas se sucedieron, con pérdidas sensibles para los rebeldes;

Aunque andaba tan escaso en elementos para el ejército a su cargo, Belgrano se esforzaba por ayudar a Güemes; eso desengañaría a "los que propalan que hay diferencias, entre nosotros; bien que a mi poco me importa, porque no busco el concejo de nadie, sino el de mi propia conciencia, que al fin es con la que vivo en todo instante y no quiero que remuerda".

Cuando se produjo la cuarta invasión realista, las posibilidades de Belgrano eran muy reducidas; todos los recursos a que Pueyrredón podía echar mano iban a Mendoza con destino al ejército de los Andes; ni siquiera tenía caballos para montar a los de esa arma, y aconsejaba a Güemes que sus gauchos, en lugar de sables, que no podía proporcionar, usasen lanzas: "Yo le aseguro que harán primores con ellas".

Existía una relación amistosa y de confianza entre Belgrano y Güemes; con esa conducta y con la perspicacia de San Martín para prever lo que el caudillo salteño era capaz de dar a la causa común, se salvó la frontera del norte a costa de muchos sacrificios en hombres, pero sin absorber las escasas disponibilidades del país. Si hubiese sido posible algo similar en el caso de Artigas, se hubiesen ahorrado muchos años de dificultades y de derramamientos de sangre.

Belgrano pidió al gobierno autorización para disponer de los fondos del Estado o de los particulares; el 8 de mayo el Congreso le autorizó a realizar empréstitos forzosos en casos de urgente necesidad y encomendó al director supremo toda la ayuda posible y a la mayor brevedad al ejército del Norte.

El deseo ardiente de Belgrano era que sus tropas participasen en la guerra y proyectó remontarlas a 6.000 hombres; pero continuaban en la máxima estrechez; sus soldados carecían de uniforme, la comida en abundaba, el armamento era insuficiente; ni siquiera disponían de caballadas. Y en esos momentos, los indios se agitaban y cometían tropelías contra las zonas pobladas, y los caudillos del litoral creaban tropiezos al gobierno bajo la inspiración artiguista.

Aun sabiendo que Belgrano no disponía de elementos, Belgrano mejoraba y disciplinaba el ejército a instruía a los oficiales en Tucumán; aspiraba a ponerlo en condiciones de intervenir eficazmente y cooperar en los futuros movimientos de San Martín hacia el Perú.

Al producirse la irrupción de Olañeta por la Quebrada, la caballería de los gauchos no había sido repuesta después del desgaste de la última campaña; entonces quiso Belgrano moverse contra la vanguardia realista, para que los habitantes de Salta y Jujuy pudiesen dedicarse a la atención de sus hogares y cultivos. Pero en lugar de esa empresa, el gobierno de Buenos Aires le ordenó que enviase a Córdoba al regimiento N° 2, de 400 hombres, al mando de Juan Bautista Bustos, para aplacar la insurrección de Bulnes.

Los acontecimientos que tenían lugar en las provincias del litoral pusieron fin a la intervención del ejército del Norte en la guerra contra el enemigo común y se perdió así para las luchas por la independencia.

Es verdad que los realistas no podían contar ya con grandes perspectivas y que sus proyectos de avance sobre Tucumán y eventualmente sobre Córdoba habían cambiado, pero para la defensa de la frontera norte bastaban los gauchos salteños.

   
El ejército de Belgrano comprometido en el litorial  

El regimiento del ejército del Norte enviado a fines de 1817 a Córdoba a las órdenes de Juan Bautista Bustos, se situó en observación en la Villa de Ranchos; el 8 de noviembre de 1818 fue atacado y sitiado en Fraile Muerto por Estanislao López; para reforzar a Bustos, a fines de 1818 salió Aráoz de Lamadrid con dos escuadrones de húsares y uno de dragones, este último a las órdenes del comandante José María Paz.

No fue bastante; el gobierno de Buenos Aires se sintió impotente para dominar la rebelión de Santa Fe contra las tropas al mando de Balcarce y resolvió utilizar los ejércitos de los Andes y el del Alto Perú para someter a los

rebeldes. San Martín se negó a cumplimentar esa orden, pero Belgrano obedeció y el 1° de febrero de 1818 el ejército del Norte partió de Tucumán hacia el litoral, dejando en la Ciudadela solo 500 hombres al mando del coronel Domingo Arévalo.