Manuel Belgrano
Primeros Años
El Consulado
1810
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Ejército del Norte
El ocaso
 
El Consulado  
Los viejos consulados de comercio  
Las inquietas y dinámicas burguesías mercantiles europeas buscaron desde siempre, el favor del poder de la monarquía para asegurarse el dominio del tráfico ultramarino. Esto se acentuó desde el siglo XV cuando lograron la obtención de un fuero especial, cuyo tribunal sería el "Consulado de Comerciantes Matriculados". En Burgos (1494) y Bilbao (1511), en México (1594) y Lima (1618), surgieron aquellos consulados que dieron prestigio social como privilegios corporativos a sus integrantes.  
   
Nuevos consulados de comercio  
Con los Borbones (fines del siglo XVIII) surge una nueva tendencia en la creación de consulados en España y América. Estos consulados modernos surgen en poco tiempo en todos los puertos y ciudades importantes para el comercio, con el agregado político de servir a la reformulación y consolidación del sistema colonial hispanoamericano. Estos Consulados tenían una función de tribunal especial, que garantizaba a los grandes comerciantes la pronta salida de las causas comerciales, función básica de los consulados viejos, y se les agregaba otra: el fomento de las actividades relacionadas a la nueva burguesía, como la agricultura, la navegación, los caminos, las manufacturas, la enseñanza técnica y del comercio.
Se establecidos, entre 1785 y 1786, los consulados de Málaga, Alicante, La Coruña, Santander y Tenerife, y en América, los de Caracas y Guatemala (1793), Buenos Aires y La Habana (1794), Cartagena de Indias, Veracruz, Guadalajara y Santiago de Chile (1796).
 
   

Buenos Aires

Plano de la Ciudad de Buenos Aires de fines del Siglo XVIII . La apertura del comercio y su condición de capital del Virreinato aceleraron el desarrollo de la ciudad. Su población pasó de 23.000 personas en 1770 a 32.000 en 1778

 
   
El Consulado de Buenos Aires  
Buenos Aires era un puerto comercial que crecía gracias a los buques de registro y al contrabando (existente desde antes del comercio libre y de la creación del virreinato), en detrimento del comercio por Lima. Desde mediados del siglo XVIII los cargadores solían reunirse en juntas y nombrar apoderados para defender sus intereses colectivos, principalmente estrechando vínculos con Cádiz, como forma de quitarse de encima la pesada tutela peruana. Los limeños no cejaron y establecieron una diputación de su Consulado en Buenos Aires, pero la decadencia del monopolio del comercio por Lima era irreversible.
A partir de 1785 comienzan las gestiones de los comerciantes de Buenos Aires para un consulado propio, alegando por el Reglamento de Comercio Libre de 1778 y el ejemplo de lo actuado en Sevilla. La idea era contar con un tribunal corporativo, al estilo de los viejos consulados, pero el proyecto no prosperó.
El virrey Arredondo y la Audiencia reinician el trámite en 1790, pidiendo la creación de una junta consular presidida por el virrey mismo. El 30 de enero de 1794, el rey, sin tener en cuenta las sugerencias del Río de la Plata, publicó la Real Cédula de creación del Consulado de Buenos Aires. Siguiendo el ejemplo sevillano, el original de la Real Cédula para Buenos Aires está redactado sobre un ejemplar de la Cédula expedida para Caracas, con unas pocas enmiendas. Las correcciones se refieren a aspectos procesales y a una serie de encargos especiales para la Junta de Buenos Aires, como por ejemplo, el artículo XXIII: "Construir buenos caminos y establecer rancherías en los despoblados... limpiar y mantener limpio el puerto de Montevideo, y construir en sitio proporcionado un muelle o desembarcadero en Buenos Aires, donde puedan hacerse las cargas y descargas sin riesgo de averías ni fraudes".
El Consulado de Buenos Aires fue uno de los lugares de debate y planificación de la política económica virreinal, particularmente en lo comercial. Fue centro de difusión de ideas y de inicios educativos orientados a las cuestiones productivas y, el gremio de los principales comerciantes en la defensa de sus intereses corporativos y de su preeminencia en la sociedad.
La función social del Consulado, el reparto de cargos y oficios, los sueldos, el funcionamiento interno de la Junta de Gobierno y del Tribunal, la relaciones con otras instituciones, la defensa de fueros personales y de preeminencias familiares o de grupo, y hasta las obras para el lucimiento del edificio, muestran al reducido grupo de grandes comerciantes como una elite que defienden sus privilegios, encubiertos como "parte más sana" y clase honorable de la sociedad porteña.
Los funcionarios electivos del Consulado - un prior, dos cónsules, nueve conciliarios y un síndico, todos bienales - eran escogidos de la matrícula de exportadores e importadores con vínculos ultramarinos y en el tráfico de internación hasta el Perú. Representaban, además, poderosos clanes familiares, generalmente de origen vasco y de inmigración reciente. En los primeros años del siglo XIX comienzan a cobrar fuerza los nuevos inmigrantes, muchos de ellos catalanes, o los hijos de los anteriores, o bien nuevos representantes de viejas familias criollas, formados todos en las nuevas condiciones de competencia en un océano Atlántico dominado por Inglaterra.

Real Cédula del Consulado de Buenos Aires

REAL CEDULA de la creación del Consulado .Por iniciativa de esta institución se fundarón un Escuela de Dibujo y una Academia de Náutica en 1799 , ambas instituciones fueron cerradas algunos años despues pof falta de apoyo de la corona

 
 

Premio del Consulado

Medalla de premio otorgada por el Consulado de Buenos Aires, esta era una forma de estimular el estudio del dibujo y de los saberes técnicos

   
El secretario  
El virrey Arredondo y los comerciantes de Buenos Aires propusieron para secretario y escribano del Consulado a Pablo Beruti. El principal consejero real en el asunto, el ex virrey, marqués de Loreto, aconseja que "será preciso que lo busque y escoja de conocida instrucción y probidad... y a no estar muy satisfecho de encontrarlo así, mejor será que deje a Beruti". El proceso de elección de quienes cubrirían los oficios perpetuos del Consulado, el asesor y el secretario, fundamentalmente, fue sensible a múltiples influencias, recomendaciones y consideraciones. En una colonia joven como la de Buenos Aires, puede que valiese más el saber o el tener que ser de noble familia. Como Manuel Belgrano escribió en una carta a su padre, "hemos salido de los tiempos de Gálvez y nos hallamos en otra situación; se premia ahora el mérito y no se consigue con dinero tan descubiertamente como en aquellos tiempos". En una nota del 17 de octubre de 1793, Belgrano solicitaba al rey la asesoría del Consulado, acompañando la relación de méritos y servicios militares y en la Real Hacienda de su padre Domingo, e invocando "diez años de mérito personal adquirido en la carrera literaria, a que se agrega tener varios hermanos empleados en vuestro Real Servicio". Francisco Bruno Rivarola hombre con muchos antecedentes en la materia, era su rival por el mismo empleo. El 6 de diciembre de 1793, una Real Orden dada en San Lorenzo designa a Belgrano secretario perpetuo del Consulado en creación. Manuel Belgrano confiesa que por entonces ignoraba lo referente a la política colonial española y a su patria.
El Consulado de Buenos Aires comenzó a funcionar en junio de 1794. Con algunas interrupciones, Manuel Belgrano desempeñó desde esa fecha la secretaría hasta poco antes de la Revolución de Mayo de 1810. Las licencias se debieron, en 1796 y en 1800, por razones de salud y lo reemplazó interinamente su primo Juan José Castelli, en 1806 a la ocupación inglesa y la consiguiente jura de fidelidad de los comerciantes al monarca británico.
   
Labor de Belgrano
Belgrano se sintió respaldado por los hombres y los intereses de la segunda generación de inmigrantes, más abierta en sus esquemas. A ella pertenecieron Domingo Matheu y Juan Larrea, comerciantes catalanes que formarían parte de la Junta revolucionaria de 1810.
En lo económico, el Consulado tuvo dos períodos de trabajo intensos: de 1796 a 1799 y de 1800 a 1805. El primero, por los fuertes debates que intentaban encontrar soluciones para la quiebra del comercio atlántico español; esta quiebra fue producida por las guerras navales a partir de 1796. En el segundo, se ocupa de la defensa de la situación económica local: la obra del muelle porteño, el armamento de corsarios, la circulación interna de mercancías, etcétera. Este cambio de lo mundial a lo local, refleja la rápida adaptación a una situación de creciente autonomía.
La formación de una conciencia de los problemas propios, ante la falta de respuestas de la metrópoli, desembocará en el proceso revolucionario.
Las reformas borbónicas y el auge de las nuevas burguesías en América impulsaron, en el reinado de Carlos IV, la reconquista fiscal que ejerció una presión insoportable sobre las colonias. Los comerciantes reaccionaron en defensa de sus intereses: unos aferrándose al control estricto de los mecanismos de intercambio local, sobre todo los que tenían intereses en la ganadería; otros más audaces, se lanzaron en la competencia y en la intensificación del contrabando con la creación de saladeros, el comercio esclavista, etcétera. Unos y otros especularon, cada uno a su modo, con la inserción del Río de la Plata en los mercados atlánticos.
En este contexto, las propuestas de Belgrano se dirigen a buscar la diversificación productiva, siguiendo las ideas del pensamiento agrario ilustrado y de las necesidades del país.
Su iniciativa de cultivar lino y cáñamo fracasó por falta de apoyo gubernamental y privado. El pedido oficial de 1796 para formar un depósito de trigo con el fin de regular su precio, tampoco encuentra eco entre los comerciantes. Los intentos del virrey Melo de Portugal para regular el tráfico interno de cueros, chocan con una oposición corporativa invencible, sin lograr tocar los privilegios y los negocios turbios de los grandes exportadores.
La progresiva apertura del comercio con extranjeros, forzada por la situación bélica, es acompañada desde el Consulado por una tolerancia creciente. Fueron pocos los que advirtieron los peligros de una apertura irrestricta y Belgrano lo hizo en 1809.
Las iniciativas que hubieran podido dotar a Buenos Aires de una mejor infraestructura mercantil chocaron con la insolvencia del Consulado. A partir del 1800, la defensa del estuario terminó de consumir los escasos recursos disponibles y el Consulado fue eje de la movilización prerrevolucionaria porteña.
En el plano cultural, el secretario Belgrano se ocupa de difundir nuevas ideas y emprendimientos educativos, como las escuelas de Náutica y de Dibujo. Las academias consulares fracasan por falta de aprobación y de sustento oficial. La Corona exhibe una política contradictoria: mientras el discurso público habla de fomentar las industrias y los oficios útiles, el sistema colonial impide las iniciativas que hubieran podido llevar a las colonias a competir con España, disolviendo el vínculo de dependencia. El papel decisivo jugado por Belgrano en estos intentos lo lleva de posturas reformistas hasta la convicción revolucionaria.
La Escuela de Dibujo, establecida en 1799 y cerrada en 1802, no tuvo éxito en la selección del docente apropiado. La Escuela de Náutica, abierta en 1799, dirigida por el ingeniero Pedro Cerviño, logró el apoyo económico de un grupo de comerciantes innovadores. Cesó en sus tareas al incorporarse Cerviño al tercio de Gallegos en 1806.
La institución de premios, fue otro de los medios propuestos por Belgrano para impulsar los adelantos científicos y técnicos realizables y útiles. A partir de 1798 se destina una fuerte suma a ser repartida entre quienes introdujeran nuevos cultivos, forestaran, solucionaran la escasez de aguadas en la campaña bonaerense, combatieran los perros cimarrones o la polilla de los cueros, o levantasen censo de alguna provincia. Ninguno de estos problemas encontró iniciativas dignas de premiarse. En mayo de 1795 se creó en Madrid la Secretaría de Balanza de Comercio con el fin de reunir información sobre el comercio del imperio: "Quiere Su Majestad que este Consulado procure adquirir las noticias que juzgue importante acerca del estado de la agricultura, artes y comercio en este distrito, remitiéndolas mensualmente". Los informes detallando precios, cantidades y situación general de cada renglón del comercio y de cada actividad económica relevante en las provincias del virreinato, fueron enviados por Belgrano cada mes, entre agosto de 1796 y enero de 1803. Se los encuentran en el Archivo de Indias.
Cumpliendo lo dispuesto en la Cédula de creación, Belgrano leía, cada mes de junio al iniciar las sesiones, una memoria acerca de algún tema de interés económico, ocasión que fue transformada por el secretario del Consulado en una verdadera cátedra. El Consulado se transformó en un escenario importante para la lucha por la autonomía de las colonias americanas, demostrativa de la trayectoria personal de Belgrano y que explica un período y los problemas más importantes para aquellos comerciantes y burgueses más dinámicos.