Historia de la Literatura Argentina
 
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Siglo XIX  
   
 
   
Miguel Cané
Juvenilla de Miguel Cané
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Pedro Goyena

 

 

 

Eduardo Wilde

 

 

José S. Alvarez

 

 

Lucio V. López

 

 

Guido y Spano

 

 

Martín García Mérou

 

 

Estanislao Zeballos

 

 

Ricardo Gutierrez

 

 

Caricatura de Rafael Obligado

 

 

Almafuerte

 

 

Julian Martél

 

Eduardo L. Holmberg
 

El período de luchas y de divergencias políticas que siguió a la derrota de Rosas llegó a su término el 21 de setiembre de 1880, cuando un congreso en minoría, reunido en el pueblo de Belgrano, sancionó una ley que declaraba a la cercana ciudad de Buenos Aires capital de la República Argentina. Había llegado a su fin un viejo pleito entre porteños y provincianos y se iniciaba una nueva época en nuestra evolución histórica, con grandes cambios en el panorama material y cultural. Ese mismo año ocupó la presidencia el joven militar Julio Argentino Roca que dispuso asentar al país sobre nuevas bases. Desde esa época el crecimiento de Buenos Aires fue asombroso. En la década comprendida entre 1880 y 1890, la población de la capital aumentó en un 84 por ciento, mientras que en el resto del país, sólo creció en un 29 por ciento. La gran ciudad absorbió riquezas y derechos en perjucio de las provincias y dio origen a un desequilibrio que es visible en la época actual. Las sucesivas oleadas de inmigrantes se detuvieron en Buenos Aires,mientras que sólo en escasa proporción esos europeos avanzaron sobre la desolada campaña para poblarla.
El gobierno y los cargos públicos de importancia fueron ocupados por una minoría con capacidad ejecutiva y mentalidad semejante al antiguo despotismo ilustrado, que se propuso engrandecer al país sin que el pueblo participara con sus decisiones. De ideología liberal y progresista, partidaria de la cultura europea, la minoría dirigente emprendió su labor con el lema de paz y administración para fomentar el desarrollo en todas sus manifestaciones, desde la conquista del desierto en poder de los indios y el trazado de vías férreas, hasta la radicación de capitales extranjeros.
En torno a la epoca de la federalización de Buenos Aires, un grupo de escritores se destaca en este período de la nación organizada, al lado de las personalidades sobrevivientes de la proscripción. Casi todos ellos participaron en política por medio de la pluma o en importantes cargos públicos y otras veces, su actividad literaria fue un mero pasatiempo. Se los conoce como integrantes de la generación del 80 porque sus principales figuras alcanzaron la madurez a partir de ese año de profundos cambios, que convirtieron a la "gran aldea" de Buenos Aires, en una ciudad cosmopolita.

Siempre resulta difícil agrupar con categoría absoluta y bajo un común denominador acontecimientos de carácter cultural, por esto, el concepto de generación ha sido discutido y aun negado por estudiosos de mérito. En el aspecto literario, se parte del principio que los escritores nacidos y educados dentro de una misma época y que actuaron bajo semejantes influencias políticas, sociales y económicas, reflejan en sus obras una unidad de criterio de acuerdo con el período cronológico en que desarrollaron su actividad. No siempre se encuentra respuesta positiva a este principio, y además, es sabido que algunas figuras sobrepasan con su prestigio los límites cronológicos de una época literaria o científica.

Con todo y sometiendo el concepto de generación a cautelosos reparos, puede admitirse que en torno al eje cronológico del año 1880, actuó en nuestro país una pléyade de intelectuales que dieron una fisonomía característica a las letras y a la política y que se conoce con criterio muy amplio como la generación del 80.

Integran el grupo literario más importante Miguel Cané , Lucio V. MansillaEduardo Wilde , Lucio V. López (1848-1894), Eugenio Cambaceres , Martín García Mérou , José S. Alvarez con el seudónimo de Fray Mocho y Paul Groussac . No tan representativo de la época, pero un gran valor dentro de nuestras letras fue el riojano Joaquín V. González . También debe citarse a los parlamentarios católicos José Manuel Estrada  y Pedro Goyena . Con respecto a los poetas, integran entre las figuras representativas del 80 —una segunda generación romántica. Puede mencionarse a Ricardo Gutiérrez , Olegario V. Andrade (1839-1882), Rafael Obligado  y Carlos Guido y Spano . Aunque perteneciente por su edad a la generación del 80, pero apartado de ella, figura el poeta de los humildes, Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917) conocido con el arrogante seudónimo de Almafuerte y sin duda, una de las más discutidas y desconcertantes personalidades de nuestra literatura.

 
 

Ricardo Rojas agrupó a los escritores de la generación del 80 con el título de prosistas fragmentarios debido a la falta de continuidad en sus pensamientos, reflejado en obras carentes de unidad orgánica. Fueron hombres de mundo que viajaron a Europa y alternaron las amenas conversaciones de los elegantes clubes con los libros y la labor política e intelectual. Escribieron ensayos, artículos periodísticos, recuerdos autobiográficos, anécdotas, breves narraciones y juicios sobre la época en que vivieron. No fueron autores de obras doctrinales, ni tampoco dejaron investigaciones ni largas novelas. En su gran mayoría pertenecieron a la clase social gobernante y su mentalidad y posición económica les hizo admirar la cultura europea, con sus tesoros artísticos y su mundana sociabilidad. Muy idealistas, abrazaron con vehemencia las ideas liberales y el positivismo, mientras algunos de ellos —al ocuparse de la historia patria— trataron de demostrar el fracaso de los grandes proyectos de la generación anterior. Negaron principios y creencias de la mayoría y con escepticismo sostuvieron un cambio en el rumbo social y cultural de la Argentina.
Sobre la generación del 80 escribió Carlos Ibarguren: "Fue de escépticos y de materialistas, cuyo pensamiento seguía la acción cambiante y apresurada de un país en formación y de una sociedad que evolucionaba. El positivismo filosófico, las corrientes científicas predominantes a fines del siglo pasado, el enorme desarrollo industrial y económico europeo, las masas de hombres y de oro que empezaron a venir a estas playas, trasformando velozmente nuestra tierra, dieron al núcleo director argentino la visión utilitaria y sensual de la vida.
El humor y la ironía constituyen dos rasgos característicos de los escritores de este período. La figura más representativa del humorismo fue Eduardo Wilde hombre extravagante y de prosa familiar que sin preocuparle el estilo, dejó pruebas de su originalidad e ingenio en ocurrentes frases.
La critica literaria contó con destacados representantes en la época que nos ocupa. Calixto Oyuela (1857-1935) fue autor de dos tomos sobre Estudios Literarios y de la amplia Antología de poetas hispanoamericanos (1919-1920); Martín García Mérou, que en sus obras de crónica y crítica literaria reflejó el movimiento intelectual de la generación del 80 y Paul Groussac, un escritor incisivo y satírico, de muy variada producción y certeros juicios críticos.
Existió también una tendencia a la evocación o recuerdo del pasado, con anécdotas y reminiscencias de episodios en gran parte presenciados por sus autores. Aunque sin base documental, constituyen páginas de apreciable valor, debido a su intimidad. José Antonio Wilde (1813-1885) obtuvo gran éxito con un libro de recuerdos que tituló Buenos Aires desde 70 años atrás al igual que Vicente G. Quesada (1830- 1913) —con el seudónimo de Víctor Gálvez—, autor de Memorias de un viejo, publicadas en 1889. Dentro de esta literatura evocativa también figuran Juvenilia, el conocido libro de Miguel Cané y el escrito por Santiago Calzadilla titulado Las beldades de mi tiempo, que se editó en 1891.
La prosa del 80 expresó la hostilidad de las clases aristocráticas de la sociedad porteña hacia los inmigrantes extranjeros. Esta actitud xenófoba se advierte con nitidez en algunos novelistas como Eugenio Cambaceres en su obra titulada En la sangre (1887) y también en Antonio Argerich con ¿Inocentes o culpables? (1884), que señalan en esencia una especie de hartazgo hacia lo europeo. La gran llegada de inmigrantes a Buenos Aires favoreció a las corrientes ideológicas del liberalismo y del materialismo, para dar origen a un amplio movimiento destinado a secularizar todos los estratos sociales. Se enfrentaron entonces el laicismo contra la fe católica a través de memorables debates originados al discutirse la ley de enseñanza laica (año 1884) y proyecto sobre el matrimonio civil (1888). Entre los pensadores católicos se destacó José Manuel Estrada (1842- 1894).
La campaña al desierto realizada por el general Roca en el año 1879 actualizó el tema del indio y el problema derivado sobre la posesión de sus tierras. Si bien Lucio V. Mansilla se anticipó con su obra Una excursión a los indios ranqueles, la temática sobre el aborigen adquiere el carácter de novela de aventuras con Estanislao S. Zeballos , autor de una trilogía de tono rornántico

 
 

La novela no existió en nuestra literatura del periodo hispánico, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En épocas de los "proscritos" —siglo XIX— se considera a El matadero de Echeverría como nuestro primer cuento y Amalia de Mármol, la obra que inicia la novela. Pero sólo en la década del 80, la prosa de imaginación adquiere verdadera importancia en la vida literaria argentina. Bajo la influencia de un naturalismo heredado del escritor francés Emilio Zola —con la pintura detallista de ambientes y caracteres— y también del realismo, la imaginación culmina en este período con Eugenio Cambaceres, reconocido por la crítica como uno de los fundadores de la novela en nuestro medio.
En épocas de la Organizacion Nacional las más difundidas novelas de autores extranjeros —entre ellos Zola y Flaubert— eran ya conocidas en nuestros círculos intelectuales. Los escritores argentinos —salvo algunos intentos— no habían incursionado por el género literario de la imaginación.
Al comentar una obra del norteamericano Cooper, escribió Mariano Pelliza en 1879: "Pobre es la América del Sur y pobre la República Argentina de libros propios destinados a reflejar sus costumbres, su natura!eza o su historia en la forma de la novela."

El proceso de evolución hacia una novela nacional lo inició con sus folletines Eduardo Gutiérrez (1851-1899), cuya obra recién en la actualidad ha sido valorada en su real importancia. Demostró su capacidad literaria a través de artículos aparecidos en diversos periódicos, entre ellos " La Tribuna", "La Época" y " Sud-América". Pasó buena parte de su vida componiendo cuartillas sobre una reiteración temática: el paisano honrado que debido a las injusticias policiales se convierte en matrero. Su folletín más popular titulado Juan Moreira —basado en un personaje real— fue llevado a escena por el actor José Podestá en 1886, año que marca un proceso de gran importancia en el teatro nacional. Era evidente que Gutiérrez había incorporado el populismo a nuestra literatura, pero sus dramones de suspenso policial estaban al margen de la novela culta.
Hacia 1884, el género novelesco inicia en Buenos Aires su marcha ascendente. En la corriente del naturalismo debe ubicarse al médico Antonio Argerich (1862-1924), que en su obra ¿Inocentes o culpables? (1884) se ocupó de la inmigración y de los problemas sociales derivados de los conventillos. Francisco Sicardi (1856-1927) se graduó de médico en 1883 e incursionó por la literatura con varias novelas, entre ellas la titulada Libro extraño, que se compone de varias partes. Evocó cuadros de costumbres con personajes patológicos hundidos en la miseria, el dolor, la enfermedad y el crimen. Otro médico, Manuel T. Podestá (1853-1918), escribió Irresponsable, cuyo protagonista es un incapacitado enfermo mental que enfrenta a la sociedad que lo rodea. La principal figura de la novela naturalista en la generación del 80 fue Eugenio Cambaceres, que fue el novelista más importante del período, escribió cuatro textos. Pot-Pourri (1881) y Música sentimental (1884), aunque toman como núcleo narrativo el adulterio, se recortan de la producción naturalista por su estilo conversador, y su estructura fragmentaria y de collage; el mal social en ellas, además, está depositado en la corrupción, la hipocresía y la impericia de la clase dirigente. Sin rumbo (1885), aunque más compleja, es ya una novela naturalista, y En la sangre (1887) resulta, en su denuncia del inmigrante arribista, paradigmática hasta la caricatura. 
La obra que expresa con mayor exactitud los cambios sociales y culturales de la ciudad porteña en el período que nos ocupa, se titula La gran aldea debida a la pluma de Lucio Vicente López (1848-1894), nieto del autor de la letra del Himno Nacional e hijo del historiador Vicente Fidel. La novela fue conocida primeramente por folletines a través del diario "Sud-América" y editada en forma de libro en 1884. En torno a la historia de los desparejos amores de un anciano y una joven —don Ramón y Blanca— se ocupa en animadas páginas evocativas del desarrollo de Buenos Aires con tipos característicos, manejos políticos y costumbres. A pesar de sus imperfecciones de lenguaje y excesos en la temática —un final truculento— La gran aldea no ha perdido su gran valor documental.
Una novela breve escrita por José María Cantilo (1840-1891) y titulada La familia Quillango, satiriza a un rico estanciero que se traslada del campo a Buenos Aires, donde compra una casa y habita con su mujer y tres hijos. El autor describe el esfuerzo de un hombre rústico que pretende adaptarse a la vida urbana.
La crisis económico financiera producida en el trascurso de la presidencia de Juárez Celman, a causa de la fiebre del dinero y de la especulación, así como también al afán de enriquecimiento, culminó en 1890 con la quiebra de la Bolsa de Comercio. Algunos literatos inspiraron sus novelas en la embriaguez corruptora de aquella época, en que se extendió por doquier la ganancia segura basada en promesas y papeles carentes de valor.
El bohemio Jose María Miró (1867-1896), con el seudónimo de Julián Martel publicó en forma de folletín en "La Nación" (en 1891) un estudio social titulado La Bolsa. Obra realista —fue testigo de los episodios como cronista bursátil— describe la sociedad envilecida por la especulacion y el ansia de lujo y riquezas. En el mismo año, Segundo Villafane (1860-1337) dio a conocer Horas de fiebre, novela en parte semejante a la anterior pues documenta el proceso de crisis. Carlos María Ocantos (1860-1949), un autor de importancia, miembro de la Academia Española de la Lengua, escribió Quilito (1891), en que relata el drama de una familia arruinada por la crisis de la Bolsa, con sus problemas domésticos, pasiones y virtudes.

Los relatos fantásticos (y policiales) de Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937), publicados en diversos periódicos y semanarios porteños entre 1875 y 1898, muestran un uso literario del saber científico divergente al de otros escritores del ochenta. La ciencia (psiquiatría, frenología, sociología, biología) no aparece en sus textos como digresión erudita y diletante, tampoco como sistema de interpretación que sistematiza y cierra las tensiones del universo novelesco o narrativo. El saber científico se transforma en sus cuentos en núcleo productivo a partir del cual la ficción se desencadena en forma autónoma. Entre los relatos más interesantes pueden citarse: "Dos partidos en lucha" (1875), "Viaje maravilloso del señor Nic-Nac" (1875), "Horacio Kalibang o los autómatas" (1879) y las "nouvelles" Nelly, La bolsa de huesos y La casa endiablada, publicadas en 1896. También pueden leerse en la serie de la literatura fantástica: los relatos de Eduardo Mansilla (1838-1892), reunidos en Creaciones (1883); El Doctor Whüntz (1880) de Luis Varela (1845-1911), firmados bajo el pseudónimo de Raúl Waleis; y algunos de los textos recogidos en Paginas literarias (1881), de Carlos Monsalve.

 
 

Uno de los rasgos característicos de los escritores del 80 fue la inclinación a la crítica literaria, es decir, a juzgar la obra escrita por su contemporáneo, sea ella un libro o un estreno teatral. En este aspecto, la actividad desplegada fue abundante y en términos generales no excedió del comentario epistolar o de la breve nota en un periódico. Algunos nombres deben destacarse por su eficiente preparación científica y situarlos como los primeros críticos de la literatura argentina, continuadores del precursor y solitario Juan María Gutierrez.

Calixto Oyuela, profesor universitario, miembro correspondiente de la Real Academia Española y primer presidente de la Acadernia Argentina de Letras (1931) fue un crítico de vasta cultura literaria. Admirador de los clásicos y de las letras españolas, polemizó con Groussac y otros liberales de la generación del 80 que se opusieron a lo hispánico. Rígido preceptista, no cedió en sus firmes convicciones estéticas y sostuvo la fórmula del "arte por la belleza". Ya nos hemos referido a sus obras tituladas Estudios literarios (1915) y Antología poética hispanoamericana (1919- 1920) .
El francés Paul Groussac, que arribó a los dieciocho años a nuestro país (1886) ignorando el idioma de la nueva tierra, no tardó en convertirse en un destacado investigador y en el crítico de mayor importancia de la literatura argentina hasta la segunda década de la presente centuria. Penetrante ensayista, ejerció por más de cuarenta años la dirección de la Biblioteca Nacional, tarea que le permitió dominar el pasado histórico argentino y desarrollar con amplitud su labor de investigador y de escritor. Respetado y temido maestro, aplicó una metodología de rigor documental y un estilo expositivo cáustico y preciso. De sus obras recordemos: Del Plata al Niágara (1897), Santiago de Liniers (1907), Crítica literaria (1924) y Mendoza y Caray (1929).

 
 
       

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